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Zona límite » Pequeña gran historia de la F1

Gilles Villeneuve, el príncipe sin corona. Parte 1

Un relato de El Abuelete del M3 - 25 abril 2020

Cuando el 18 de Enero de 1950 nacía Joseph Gilles Henri Villeneuve en una pequeña población del Québec francófono, faltaban apenas unos meses para que diera comienzo en el circuito británico de Silverstone la gran aventura de la Fórmula 1 moderna. No obstante, su infancia y adolescencia las vivió en Berthierville (Canadá), donde comenzó su aventura con la velocidad.

Aquel niño intrépido y veloz, disfrutaba su pasión por la velocidad como un acto íntimo, de realización personal, pilotando su moto de nieve bajo el manto estrellado del invierno canadiense, en noches en que las frecuentes auroras boreales de aquella latitud encienden los cristales de la nieve con reflejos mágicos.

Pronto sintió la atracción del abismo de la competición y comenzó a participar  con su moto de cadenas en carreras de ámbito local, primer paso en su pasión por todo lo que se moviera deprisa y origen de sus primeros ingresos.

Arrasando en su categoría con las motos de nieve o emulando a su actor favorito (Steve McQueen) a los mandos de un Ford Mustang V8 de 1967, el joven Gilles se inició en pruebas de velocidad en 1971, anotando en su palmarés los primeros trofeos y un dinero muy escaso.

No fueron nada fáciles sus primeros pasos como profesional, pues no tenía otro oficio, ni lo quería. Por este motivo, cuando en el año 1970 se casó con Joann Barthe, sus vidas transcurrieron en un permanente traslado, utilizando como hogar una “roulotte” en la que nacieron sus dos hijos, Jacques y Melanie.

Con el patrocinio de Alouette, la marca con la que obtenía el título de Campeón de Québec de motos de nieve en 1973, Villeneuve se iniciaba ese mismo año en la Fórmula Ford 1600 regional de Québec, obteniendo en ella varios triunfos y el título al volante de un artesanal chasis Magnum Mk III, a pesar de contar con un material de competición algo desfasado y ser su primera temporada en monoplazas.

Un año después se proclamaría Campeón del Mundo de motos de nieve y daría el salto a la competitiva Fórmula Atlantic, con el número 13 luciendo en su monoplaza, el mismo dorsal con el que había ganado en las motos de nieve.

Pero su temporada de debut no pudo ser más desastrosa. Con las cuatro ruedas bloqueadas en una apurada de frenada, Villeneuve acabó impactando contra las protecciones del circuito de Mosport Park, retorciendo el chasis de su March-Ford 74B y quedando atrapado dentro del monoplaza, con severas fracturas en su pierna izquierda (su primer accidente fuerte en coches).

Dos meses después (1 de septiembre de 1974), Villeneuve retomaba la acción y partía desde la posición 13 de parrilla en el circuito urbano de Trois Rivières (Canadá), aunque volvía a estrellarse con el mismo monoplaza, en esta ocasión sin consecuencias físicas.

Ya en la temporada de 1975, el atrevido Gilles volvería a la especialidad con más experiencia y poco más temple, estrenando nueva decoración y nuevo dorsal en su March-Ford 75B (el sugerente número 69), quizá un gesto de superstición ante los accidentes del año anterior.

Bajo un auténtico diluvio sobre el asfalto del circuito Gimli Motorsport Park (Canadá), Villeneuve obtenía su primera victoria en Fórmula Altantic, codeándose ya con los líderes en varias carreras.

Villeneuve se acabaría convirtiendo en el claro dominador de dicha competición, ganando el campeonato en la temporada de 1976 (con 9 victorias en 10 carreras) y en la Fórmula Atlantic de 1977, compaginando también con alguna carrera de la Can-Am 1977, al volante de un Wolf-Dallara WD1, antes de que el destino le catapultase a la Fórmula 1.

En aquel momento, el joven Gilles estaba todavía lejos de saber que llegaría a ser un ídolo destinado a ocupar un lugar de privilegio en el corazón de millones de aficionados.

Entre ellos, el de Enzo Ferrari, el férreo patrón de la escudería de Fórmula 1 más legendaria de todos los tiempos, para el que la llegada de Gilles Villeneuve a Ferrari sería el bálsamo capaz de suavizar el malestar producido por la marcha inesperada de Niki Lauda.

El piloto austriaco, que había reverdecido en 1975 los viejos laureles de la Scuderia de Maranello, ganando el título tras once años de sequía en Ferrari, se había sentido cuestionado por su abandono bajo el diluvio de Fuji en el GP de Japón de 1976, con la consiguiente pérdida del título a manos de su rival, James Hunt con el equipo McLaren.

Aquel Lauda, superviviente de un terrible accidente en Nürburgring del que salió a base de esfuerzo, pundonor y sufrimiento, ya no era el mismo de su llegada.

Ahora, la marca indeleble de sus cicatrices habían transformado a Niki en un ser calculador, que después de asegurarse un nuevo título de pilotos en la temporada de 1977, cuando aún faltaban por disputarse los GP de Canadá y Japón, había decidido, con toda frialdad, abandonar la disciplina de Ferrari, llevándose con él la doble corona antes de concluir la temporada.

En la necesidad de tapar el hueco producido por su ausencia, la intuición de “il commendatore” y los ojos de alguien de su entorno que le había visto pilotar, le decía que Gilles Villeneuve, ese joven canadiense de baja estatura física, albergaba un corazón caliente y podía ser el repuesto que Ferrari necesitaba.

Caprichos del destino, aquel “Príncipe de la destrucción”, como le bautizaría cariñosamente Ferrari, nunca llegó a “reinar”, aunque pudo hacerlo, por lealtad a su compromiso con la Scuderia y con su compañero en 1979, Jody Scheckter (campeón aquella temporada).

Gilles Villeneuve se mostraría como un hombre que anteponía la búsqueda de su propio límite a la consecución de un título, con una forma de pilotar en la que el más salvaje de los derrapajes era, según el propio piloto, una secuencia natural de la que sus manos le sacarían, siempre, indemne.



Nota: Los precios reflejados en esta información corresponden a la fecha de publicación.

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