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Gilles Villeneuve, el príncipe sin corona. Parte 4 FIN

Un relato de El Abuelete del M3 - 22 febrero 2021

Gilles Villeneuve ha muerto

La constitución humana, ni siquiera la más poderosa, hubiera sido capaz de sobrevivir a las tremendas lesiones sufridas por Gilles Villeneuve en su trágico accidente sobre el circuito de Zolder.

Cuando el piloto canadiense ingresaba en el hospital ya estaba clínicamente muerto, aunque los médicos mantenían el soporte vital mientras consultaban a todo tipo de especialistas y, su mujer, Joann Barthe, volaba a Bélgica desde Montecarlo (acompañada por Jody Scheckter), donde se había quedado para celebrar la primera comunión de su hija Mélanie (curiosidades del destino, esta fue la única carrera de F1 en la que Joann no estaba acompañando a Gilles).

Después de hablar varias horas con los doctores, sin nada que hacer ya por su vida, Gilles Villeneuve es desconectado de su soporte vital y los doctores certificaban su fallecimiento a las 21:12 horas del sábado 8 de mayo de 1982, momento en el que el equipo Ferrari decidía retirarse de la carrera el día siguiente, en signo de duelo hacia su piloto.

Sorprendentemente, la carrera del GP de Bélgica 1982 se celebró el día siguiente (con victoria de John Watson en su McLaren-Ford MP4/1B), cubriendo en parrilla los dos huecos dejados por los monoplazas de Ferrari (tras la retirada del equipo italiano) y no se hizo ninguna mención al fallecimiento de Villeneuve, ni un homenaje improvisado, ni siquiera un minuto de silencio, como declaró años después en su autobiografía Jo Ramírez (aquel día integrante del equipo Theodore Racing F1).

El lunes 10 de mayo, un avión de las Fuerzas Armadas Canadienses trasladaba los restos mortales de Gilles Villeneuve a Montreal (Canadá), para llevarlo posteriormente hasta su ciudad natal, Berthierville.

Cubierto su féretro con esa bandera de cuadros que había sido testigo de sus mejores triunfos y acompañado por el fervor de miles de compatriotas, el funeral de Villeneuve se celebró dos días después en la iglesia de Berthierville, donde se procesó un verdadero funeral de estado al que acudieron los representantes políticos más importantes de la región, incluido el Primer Ministro de Quebec, René Lévesque.

En aquel homenaje religioso no estuvieron presentes muchos de los que habían sido sus compañeros en el paso por la Fórmula 1, aunque sí le acompañaron Jody Scheckter, René Arnoux y Bruno Giacomelli.

Jody, emocionado en presencia de los restos mortales del que fue su leal compañero en Ferrari, hizo un breve discurso: “Voy a echar de menos a Gilles por dos razones. Primero, porque era el hombre más genuino que he conocido. Segundo, porque fue el piloto más rápido en la historia del automovilismo. Se fue haciendo lo que amaba, pero no nos ha dejado, porque el mundo seguirá recordando todo lo que ha dado al deporte del motor”.

Javier del Arco, uno de los cronistas de la Fórmula 1 más experimentados entre los periodistas españoles, escribió una concluyente frase en el “Libro del Año del Automovilismo de 1982”, del que era autor.

“Quien ama el peligro perecerá en él”, referido a la muerte del piloto canadiense. Y continuaba su reflexión anotando que “bajo tal punto de vista, la muerte de Gilles Villeneuve en Zolder no debiera habernos sorprendido. Gilles no era solo un piloto de carreras y, por tanto, un profesional del riesgo. Era, sin duda, el piloto que asumía mayores riesgos y el más expuesto a un accidente”.

Los días posteriores al accidente fatal de Villeneuve, el inspector de seguridad de la “Fédération Internationale du Sport Automobile” (“FISA”), Derek Ongaro, realizó una investigación sobre la colisión ocurrida en Zolder, exculpando a Jochen Mass de toda responsabilidad en el trágico siniestro, no sin gran polémica por parte de otros pilotos como Niki Lauda, que acusaron al alemán de haber cometido un grave error, al cambiar de trayectoria cuando llegaba Villeneuve a gran velocidad.

Se cerraba así el capítulo de este “Príncipe de la destrucción”, cariñoso apelativo con que el viejo Enzo Ferrari le había distinguido en aquellos días felices en los que “il commendatore” había vislumbrado en él las virtudes que le habían hecho sentir al pequeño canadiense como el hijo piloto que nunca llegó a tener.